
Frente a los desafíos del trabajo del futuro, una cultura inclusiva aporta de manera significativa, a la reducción de la desigualdad y permite la construcción de una sociedad más participativa, equitativa y meritocratica a través del aumento en la innovación, adaptabilidad, compromiso, diversidad y mejora la toma de decisiones, lo que sin duda genera mayor rentabilidad.
